No sé a ti, pero a mí las fechas de Navidad me ponen especialmente nostálgica. Incluso el día de Reyes, que lo vivo desde siempre con una emoción contenida pero desbordante por las sorpresas, me hace recordar a los que no están. En particular a mi hermano Juan, pues éste era su día preferido con diferencia, los nervios no le permitían dormir de un tirón y me despertaba varias veces para que fuese con él a ver los paquetes, contaba y medía el tamaño de los mismos, comparando los de cada uno… hasta que me convencía para empezar a abrirlos ¡Qué tiempos! ¡Qué maravillosa inocencia!
Y por supuesto, me he acordado de mi madre, ¡qué gran mujer! Debimos de pasar algunas épocas más apuradas económicamente (no lo recuerdo, porque los niños gozamos de nuestra infancia, sin vivir los dramas de los adultos; algo que agradeceré eternamente). Las hubo seguro, aunque en esas ocasiones no dejamos de tener regalos el día de Reyes, pues mi mamá nos los hacía: ropita para las muñecas, algún muñeco de trapo y más cosas que no recuerdo, porque no conservo, pero que ella hacía con todo el amor del mundo y mucha habilidad _dicho sea de paso_ pese a ser una mujer trabajadora (muy trabajadora: 4 hijos, una casa, hacer pan por la noche y repartirlo por la mañana), sacaba tiempo _no sé de dónde, la verdad_ para hacer estas cosas, y así es que nunca nos faltaron detalles que nos hacían muchísima ilusión. Y ver algunos de éstos hoy no te digo nada (como el trajecito que lleva este Barriguitas de la foto, ¡me encanta!).
Con el recuerdo de ambos muy vivo, he celebrado con alegría unas Fiestas más, porque los que están se lo merecen, agradeciendo las grandes lecciones de vida que me aportaron: la ilusión inquebrantable y el verdadero amor.
Y, como no podía ser de otra forma (porque si no tenemos para comprarlo siempre podemos hacer algo o tomarlo prestado de la naturaleza, pues de lo que se trata es de mostrar nuestra gratitud al destinatario con el detalle) este año los Magos han vuelto a pasar por la casa familiar y me han traído algunas cosas para no pasar frío cuando salgo a “caleyar”. Y de la que venían, ya que les cogía de camino, se han detenido en una de mis librerías preferidas ( Zentro, en Avilés) y me han surtido de obras interesantes también.
Con lo cual, estoy como una niña con zapatos nuevos: por la mañana me dejo llevar por los pies y recorro senderos inexplorados de Cudillero, disfrutando de este fantástico entorno natural que tenemos en Asturias. Y al atardecer por quienes me dejo llevar es por la magia de la lectura, el autor de turno y mi curiosidad, abstraída de todo el jaleo mundano y de las tragedias humanas.
Lecturas y senderos que compartiré contigo cuando decidas venir a visitarnos y disfrutar de unos días en el Paraíso Natural.